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PUBLICACIÓN DE RAFAEL CRESPO SABARÍS

Rafael Crespo Sabarís Autor: Rafael Crespo Sabarís.

Médico, escritor, articulista...

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El Llanto Solitario

Data: 2 de febreiro 2016

Avelina se miró en el espejo. No sonrió al verse. Su cara deforme era surcada por una lágrima espesa que brotaba de su ojo derecho, mezclada con una sangre oscura, densa, añeja, y cuyo curso se desviaba por las cicatrices que poblaban su rostro. El hematoma que le cerraba ojo no le impedía recordar lo sucedido. Recuerdos difuminados por la sangre y su soledad atormentada.

La marca de su mejilla izquierda había sido la primera pero quedó grabada de forma indeleble. Juan había tenido un arrebato tras perder la partida en el bar con los amigos. Había bebido. Por aquel tiempo no bebía tanto, pero había sido suficiente. Suficiente. Muy suficiente para nublarle el sentido. Hasta aquel día nunca la había tratado mal. Más aún, siempre la mimaba, pero ese día, cuando llegó a casa y ella le echó en cara el estado en el que se encontraba, bruscamente golpeó con su puño en su mejilla derecha. Y así quedó aquella marca, pues el anillo que coronaba su dedo impactó con su piel suave dejando aquel recuerdo para siempre.

Al día siguiente él le pidió perdón y se justificó por el consumo de alcohol. Durante semanas volvió a mimarla.

Ella se quedó embarazada y parecía que eran felices, pero otro día, cuando volvió borracho, intentó forzarla. La negativa de ella le enfureció y una dura patada en su vientre le hizo temblar de dolor. Se dejó ante su fuerza. Al día siguiente, mientras él dormía, comenzó a sangrar por sus genitales, fue al hospital y perdió lo que tanto deseaba. Les contó a los médicos que se había golpeado contra la esquina de una mesa. Al llegar a casa y, cuando Juan se enteró, le intentó golpear, agarrándole fuertemente de la muñeca izquierda, retorciéndosela y produciendo un dolor intenso. Tan grande era la deformidad que durante semanas no la pudo mover y, todavía, cuando prueba a coger cosas con ella, no puede hacerlo.

Ella lloraba su tristeza en solitario y no se atrevía a decírselo a nadie. Lo quería mucho y le perdonaba cada vez que él se arrepentía tras aquellos arrebatos de violencia. Pero cada vez eran más frecuentes.

En unas fiestas de Navidad no quiso ir a casa de sus hermanas para que no le vieran la cicatriz que tenía en la mejilla derecha. Juan se la había dejado marcada en la mejilla derecha tras celebrar con unos amigos que su equipo de fútbol había ganado e intentó grabarle en la piel el escudo del mismo. Lo hizo de una forma tan tosca que, ante los gritos de dolor de ella, decidió abandonar el intento, llamándole zorra y que no servía para nada.

Al día siguiente le curó la herida de la cara y le volvió a pedir perdón.

Pasaron 2 días y tras la cena de navidad con sus amigos, llegó tarde a casa y le dijo que le preparara una copa. Él bebió. Cogió la botella y la obligó a beber directamente de ella, retorciéndole un pezón cada vez que cerraba la boca y el líquido se vertía fuera.

Al día siguiente a Avelina le dolía todo el cuerpo. Recordaba todo lo sucedió. Él no, pero estaba arrepentido de lo que no sabía que había hecho.

Un mes más tarde apareció en casa con una mujerzuela, de las de la calle, ambos borrachos. Intentó fornicar con ella pero la cantidad de alcohol que había ingerido le impidió tener una erección. La prostituta se rio de él. Decidió echarla de casa. Después cogió a Avelina y le golpeó hasta dejarla casi sin conocimiento. Le repetía sin cesar que ella tenía toda la culpa.

Al día siguiente él no le pidió perdón.

No lo hizo.

Era la primera vez que no se arrepentía.

No había ninguna justificación.

¡No le había pedido perdón! Le sorprendía aquello. Podía ser que no se acordase, pero siempre pedía perdón.

Días más tarde Avelina le cosía un pantalón. Él llegó borracho, casi tambaleándose. La miró y le dijo: “Mujer, vas a ser mía”. Ella no levantó la vista mientras con la tijera cortaba la tela. Aquella misma tijera con la que le había hecho la cicatriz de la cara. Él la asió fuertemente por la muñeca izquierda, aquella que le había roto. La levantó. Le besó con su boca maloliente en la mejilla izquierda, donde tenía la marca del anillo. Ella se apartó pero él la golpeó con fuerza con su puño izquierdo en su ojo derecho, sin soltarla. Tuvo un dolor muy fuerte y dejó de ver por ese ojo, que se hinchó de inmediato. Él la abrazó con fuerza. Ella izó su brazo derecho, con el que sostenía la tijera, y la clavó con fuerza en su cuello. Juan aulló de dolor. Se apartó. La miró asustado y cayó al suelo mientras la sangre brotaba por la herida del cuello y por su boca, ahogándose de inmediato.

Avelina no llamó a nadie.

Avelina se miró en el espejo.

Avelina lloró en soledad.

( 3er Premio del Concurso de Relato Corto  Del Colegio Oficial De Médicos De La Rioja En El Año 2013.)

 

 

 

 


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