En los orígenes del reino de Gallaecia

En los orígenes del reino de Gallaecia hay una figura muy relevante: Martiño de Dumio. Este monje llegado de la Europa oriental se convirtió en un importante actor político, cultural y religioso del reino de los suevos. Este sarcófago, construido siglos después de su muerte, subraya la relevancia simbólica de su figura.

El sarcófago fue digitalizado por Patricia Mañana Borrazás y Alejandro Güimil.

Carlos Díaz lo explica en el catálogo de Galicia 100 de este modo:

El llamado sarcófago de san Martiño es una pieza de una piedra caliza con cavidad antropomórfica, decorado en su parte frontal y en su tapa con bajorrelieves figurativos, construido hipotéticamente para guardar las reliquias del santo, y tiene un doble significado. Por una parte, el relativo al punto en el cual se elabora, el siglo XI, cuando la Iglesia gallega está reconstruyendo un organigrama y una identidad y encuentra en la recuperación de Martiño de Braga el entronque con el pasado glorioso del período suevo, en el que había conseguido, bajo su dirección, un tiempo de especial esplendor. Por otra parte, el significado intrínseco del personaje en ese pasado que se pretende recuperar. La iconografía del sarcófago representa a Martiño hablando desde su cátedra episcopal, o quizás desde la presidencia de una reunión conciliar, en una audiencia que bien podía ser la de sus colegas en el episcopado, sin descartar que fueran magnates del reino para cuya educación escribió algunos de sus textos, o una mezcla de ambos dos.

Martiño es una figura difícil de definir. Se trata de un misionero, probablemente de origen oriental, que las fuentes asocian con la conversión de los suevos al catolicismo y la reorganización de la estructura eclesiástica gallega entre los años 550 y 579. El origen de Oriente y la coincidencia de su llegada con la irrupción bizantina en el Mediterráneo occidental llevaron a relacionar la aparición de Martiño con una ofensiva diplomática bizantina. No olvidemos que en el 552, tras la petición de ayuda del pretendiente Atanaxildo contra el rey visigodo Axila, las tropas de Justiniano habían entrado en la Península Ibérica; cuando fueron invitadas a irse, luego de la victoria de Atanaxildo, decidieron permanecer y se apoderaron de buena parte de la franja meridional y levantina. En estas condiciones los bizantinos pudieron procurar alianzas contra los godos y los suevos eran candidatos óptimos.

Esto no significa que Martiño fuera necesariamente un enviado político. Los textos insisten en su condición de monje; una de sus primeras iniciativas fue a fundar un monasterio en Dumio, que se convertiría en su centro de actuación y núcleo de irradiación del monacato a toda Gallaecia. Posteriormente Martiño fue elegido obispo en la misma fundación monástica, devenida simultáneamente en sede episcopal. Esos mismos textos exaltan su tarea como misionero y los esfuerzos por llevar la ortodoxia a todos los habitantes de Gallaecia. Visto así, la conversión pudo ser un efecto paralelo del acuerdo estratégico, ora impuesta por los bizantinos, ora voluntariamente aceptada por los suevos como parte de una alianza de largo alcance frente al enemigo común visigodo. La conversión,  servía igualmente para aumentar la cohesión entre los suevos y los provinciales galegorromanos, en especial con su jerarquía religiosa, con la idea de construir una entidad política fuerte. Una vez elevado a metropolitano de la Iglesia de Gallaecia le correspondió a Martiño la tarea concreta de poner orden en las creencias y de reorganizar las estructuras diocesanas tras la conversión sueva, aspecto que comportaba enfrentarse la un problema múltiple. Por una parte impuso la disciplina en el caos litúrgico y jerárquico provocado por la importancia de la confluencia priscilianista en el período precedente, y por la otra fue necesario pactar en que condiciones el clero y los fieles arrianos se integraban en la nueva estructura unificada; por último debió atajar la proliferación de prácticas supersticiosas a las que la ausencia de un clero organizado había dado alas.

Esas tareas las conocimos por la misma obra literaria de Martiño, que incluye trabajos ascéticos, litúrgico y morales, estos con una fuerte inspiración en la obra de Séneca. Entre ellos destaca la suya Formula vitae honestae, un tratado dirigido al rey Miro con el cual pretende infundir en el rey y en su entorno aristocrático toda una serie de valores morales que cuida deben guiar la actuación de los hombres y especialmente la del buen gobernante. Con todo, el trabajo más conocido de Martiño es el sermón De correctione rusticorum, un verdadero compendio de la vida campesina que nos ofrece la imagen de un medio rural apegado a prácticas de religiosidad que se identifican con un mundo precristiano. No se trataba tanto de la supervivencia de una religión pagana sistemática cuanto de formas populares en las que un conjunto de símbolos animistas se resistía a desaparecer frente a las creencias cristianas. El texto se difundió masivamente en toda la Edad Media europea.

Fuente: Cultura Galega

Texto traducido por Porgaliciabaixo

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